
Ser responsable por el ego es su total aniquilación, porque de este modo no puede hacerte responsable (culpable) de sus acciones al mantenerte disociado. Ser responsable implica no dejar espacio para la duda o el temor, que son efectos de la observación o egocentrismo.
Quizá sirva de ejemplo, el hecho de que cuando somos responsables por alguien, no nos importa lo que haga: siempre intercedemos con integridad. Si nuestro hijo comete un error, no juzgamos si la equivocación era muy errada o poco errada. Simplemente la enmendamos con equidad. Somos responsables de él, sin importar lo que ha hecho. Mientras que si pretendemos hacernos responsables de lo que alguien hace, siempre lo juzgaremos como correcto o incorrecto, aislando el Ser del contexto (mente) y de la acción (pensamiento): Padre, Hijo y Espíritu Santo.